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CARNAVAL EN ÁLAVA

El carnaval es una celebración festiva que tenía como objeto hacer los últimos excesos corporales antes de la Cuaresma. El carnaval es una celebración universal que deja al descubierto la imaginación de la cultura popular, para criticar y auto criticarse.
En nuestra provincia se conserva perfectamente diferenciado el carnaval urbano del rural. El carnaval urbano se ofrece en Vitoria, Llodio, Salvatierra y Oyón, y entre los numerosos carnavales rurales destacan los de Zalduondo y Salcedo.
El carnaval urbano es un carnaval formado por cuadrillas y comparsas acompañados de ruidosos músicos. En Vitoria hay constancia de su celebración en las memorias escritas por la Condesa de Aulnoy de viaje por España y que recaló en la ciudad el día de carnaval del año 1679, narra como las cuadrillas participaban en la fiesta con gran algarabía. Hay otra referencia dos siglos después, en escritos del francés Davalieur que también comenta la alegría con que se celebraban los carnavales en Vitoria, y una última referencia de la continuidad de la fiesta. En los años veinte se popularizó la famosa coplilla de “Guía, guía, maquinista…..”. En Llodio también hay constancia de sus carrozas tiradas por caballos y conducidas por jóvenes que recorrían localidades cercanas.
El carnaval rural alavés tiene aspectos que lo diferencian del urbano. En el rural no hay grupos, sino que la participación es de toda la comunidad. Los niños eran los que comenzaban las celebraciones con el “jueves de Lardero”, jueves anterior a la semana de carnaval. Este jueves los niños hacían ronda por las casas pidiendo comida y cantando coplillas. Esta fiesta, en la actualidad, en las localidades donde todavía se celebra, se ha trasladado al sábado. El domingo y martes de carnaval este recorrido de ronda, era efectuado durante la mañana, por los mozos, en casi todas las aldeas alavesas, y por la tarde se disfrazaban de personajes que tenían un nombre según la zona. Estos nombres eran porreros, cácarros, kokomarros, máscaras, fantoches, cachis o cachirulos. Estos personajes perseguían a las mozas con las denominadas “putxikas” o “botxintxas” (vejigas hinchadas) para golpearlas. También tenían una vestimenta especial según la zona, y otra de sus funciones era la de hacer ruido; para ello se ponían campanillas y cascabeles y utilizaban carracas, cacerolas, matracas y tilitrancos. Fundamentalmente el día de Viernes Santo, el sentido del ruido era espantar a los seres malignos.
Como final del carnaval rural venía la quema del muñeco de paja previamente confeccionado, generalmente el martes y asignándole un nombre. Famoso es Marquitos en Zalduondo, Porretero en Salcedo, El Criminal en Arriola, Toribio en Santa Cruz de Campezo o Don Felipe en Lermanda y otros muchos hasta setenta. La mayoría de estos personajes sucumben en el fuego. Hay lugares donde cambia su final como en Salcedo, donde lo tiran a un tejado, o en Santa Cruz de Campezo, donde lo tiraban al pilón de la fuente hasta que se ahogara. En Pobes lo enterraban en una huerta y en Arriola lo escondían en un pajar.
Con esto se terminaba el carnaval y comenzaba el periodo de siete semanas en la que todo son viernes como dice una coplilla que se cantaba en aldeas de la cercanía de Vitoria: Miércoles de ceniza / que triste vienes/ con siete semanitas / que todo son viernes.