
La obra es “Euskararen geografia historikoa” (Vitoria-Gasteiz: Servicio Central de Publicaciones del Gobierno Vasco, 2007), de la que son autores Adolfo Arejita, Ander Manterola y Segundo Oar-Arteta, del Instituto Labayru, de Derio (Bizkaia). Dentro del capítulo 12, en que exponen los testimonios de esa historia, hay un apartado, el 12.2, dedicado al territorio de Álava, titulado “Arabako herrialdea” (p. 46-48), sobre el que hacemos dos observaciones.
La primera es para notar ausencias. Los autores, bajo la premisa de que en Álava (salvo en Aramaio y Olaeta) el euskara hablado no ha perdurado sino en la toponimia, dedican la mayor parte del apartado a aducir topónimos euskéricos de Álava, recurriendo para ello a un pequeño trabajo de José Antonio González Salazar, que es el único trabajo tocante a Álava que se cita en la bibliografía.
No aparecen citados, y he ahí la falta, ni en la publicación ni en la bibliografía, libros que seguramente tendrían a mano los autores en la biblioteca de su Instituto: la ceñida síntesis realizada por nuestro sabio maestro, fallecido hace dos meses, Henrike Knörr, titulada “Lo que hay que saber sobre la lengua vasca en Álava” (Vitoria-Gasteiz: Fundación Caja Vital, 1998); ni la precisa obra del Profesor Koldo Zuazo titulada “Arabarrak Euskararen Herrian” (Gasteiz: Arabera, 1999), donde, por cierto, con materiales aportados por Gerardo López de Guereñu Galarraga, reseña la pervivencia del euskara en Álava mezclado con su vocabulario castellano; ni tampoco, la exhaustiva aportación de datos contenida en el libro “Antecedentes del Euskera en Alava”, obra de Jabi Otsoa de Alda y de Estibalitz Breñas González de Zarate (Vitoria-Gasteiz: Geu, 2002).
De haber consultado, al menos, estos tres trabajos, los autores hubieran podido hacer, aunque breve, una verdadera historia diacrónica del euskara en Álava.
De ésta sólo hay un dato, un atisbo. Y es la cita en el texto (no en la bibliografía) del artículo de José Miguel de Barandiaran “El euskera en Álava a finales del siglo XVIII”, publicado en 1926. Y aquí la segunda apostilla: Los autores desconocen, según parece, el estudio posterior de Ángel Ibisate Lozares acerca del documento que utilizó Barandiaran, (estudio publicado en la revista de Euskaltzaindia “Euskera” el año 2001), en el que muestra que es autógrafo de Lorenzo del Prestamero, que fue escrito no a finales del siglo XVIII, sino en los primeros años del XIX, hacia mayo de 1803, y que la ocasión y fines para los que se redactó, sin quitarle validez al dato lingüístico aportado, no permite, sin embargo, considerarlo una descripción rigurosa del estado del euskara en Álava en aquel momento.
Por lo tanto, el libro cuestionado bien merece una añadidura en las que se incluyan los datos y consideraciones comprendidos en los trabajos mencionados.